jueves, 18 de enero de 2018

¿Cómo funciona una granada de mano?

Probo tedesco lanzando una granada de mano contra las posiciones enemigas mientras sus dos colegas intentan
cortar las alambradas. No sé por qué, pero intuyo que se trata de una imagen de propaganda


Ya se han dedicado varias entradas a las granadas de mano, desde sus orígenes como meros recipientes cerámicos rellenos de pólvora negra a las primeras y rudimentarias granadas modernas que se empezaron a usar a raíz de la Gran Guerra, en la que los ejércitos en liza estaban más escasos de este tipo de armas que un político de honradez. La guerra de posiciones hizo imprescindibles estos diabólicos artefactos con los que un simple infante podía desplegar una notable potencia de fuego tanto a la hora de atacar las posiciones enemigas como de defender las propias, y todo ello con un coste mínimo y de forma inmediata sin necesidad de tener que pedir apoyo de la artillería.  No obstante, debe quedar claro que la capacidad letal de las granadas de mano no se acerca ni remotamente a la de una proyectil de artillería o de mortero, pero su reducido tamaño permite a cualquier soldado llevar varias encima que le serán de extrema utilidad en determinadas circunstancias a la hora de eliminar pequeños puntos de resistencia, nidos de ametralladoras o para limpiar trincheras o fortificaciones de campaña.

Varios british inspeccionando cientos de granadas alemanas abandonadas
durante la batalla del Somme
Como ya sabemos, se fabricaron millones y millones de granadas que sembraron todos los frentes de batalla durante el conflicto y, a partir de ahí, no solo no han perdido vigencia, sino que se han ido ampliando tanto en modelaje como en prestaciones. Sin embargo, salvo en el caso de las granadas de mecha cuya forma de disparo es más básica que el cerebro de un cuñado, hemos ido mencionando los diversos tipos de espoletas que emplean estos chismes, pero nunca nos hemos detenido a explicar detalladamente cómo es su funcionamiento, o sea, qué ocurre en las tripas del artefacto para que explote y produzca los efectos deseados, que son obviamente herir o matar a los enemigos. Estamos hartos de ver en documentales y películas como los probos ciudadanos combatientes las arrojan contra el enemigo, y todos sabemos que la cosa va de tirar de una anilla y tal, pero puede que muchos no sepan qué es lo que pasa una vez que la granada sale despedida de la mano del lanzador. Así pues, veamos como son los entresijos es estos pequeños pero malvados artefactos.

En primer lugar, y por tenerlo claro, conviene especificar los dos tipos de granadas que hay. Ojo, hablamos de granadas de guerra convencionales usadas en el ejército, no las aturdidoras, cegadoras, de gas o de humo que emplean actualmente las unidades anti-terroristas y anti-disturbios. Este tipo de granadas no son letales, y están concebidas para dejar momentáneamente fuera de combate al personal para reducirlos sin necesidad de acribillarlos a tiros. Por lo tanto, nos referiremos exclusivamente a las que hacen pupa y que son las que se emplean en combate desde hace más de cien años porque, en esas circunstancias, no hace falta dejar momentáneamente fuera de combate al enemigo, sino darlo de baja de forma definitiva ya que no hay mejor enemigo que el enemigo muerto.

Tedesco a punto de activar la espoleta de su granada de mango
Así pues, tenemos dos tipos: las ofensivas y las defensivas. Las primeras están concebidas, como su nombre indica, para defender una posición, por lo que el lanzador estará a cubierto y no será víctima de su propia arma. Este tipo de granada tiene un radio de efectividad mayor y el cuerpo de la misma, generalmente prefragmentado y fabricado con hierro colado, sembrará de metralla un determinado perímetro alrededor del lugar de la explosión. Las ofensivas, por el contrario, se emplean por el atacante que carece de protección, por lo que su radio de acción será inferior y generará poca o ninguna metralla dependiendo del material con que esté fabricado el cuerpo de la granada, confiando su poder letal ante todo en la onda expansiva de la explosión. Ojo, que un arma de este tipo, arrojada dentro de un búnker deja listo de papeles a todos sus ocupantes ya que la onda expansiva, sin posibilidad de salir del interior, rebota contra las paredes dejando al personal bastante perjudicado. Añadir que en algunos modelos y para simplificar la producción se optaba por fabricar una granada ofensiva a la que bastaba añadirle una cubierta metálica o una malla de alambre para convertirla en defensiva. En resumen, la diferencia ente ambos tipos es que unas arrojan metralla mientras que las otras tienen un radio de acción inferior y fían su capacidad letal a la onda expansiva. Además, en el segundo caso debemos reseñar el efecto psicológico que ejercían sobre los enemigos gracias a los sonoros estampidos producidos por la carga de alto explosivo, lo que siempre venía bien para acojonarlos un poco más.

Esquirlas de metralla de una granada de mano comparadas con una
moneda de 10 céntimos. Si a uno le llenan el cuerpo de porquerías
de esas lo deben dejar bastante maltrecho
Esta será más o menos potente en función del tipo de explosivo que se use. Durante muchos años se usó pólvora negra o de fusil, práctica que llegó hasta la 2ª Guerra Mundial en caso de escasez de explosivos adecuados, pero ya desde 1887 se empleaba el ácido pícrico o trinitrofenol, que podía usarse directamente como explosivo o como iniciador de otros (casi todas las espoletas de artillería lo contenían), así como en estado puro o combinado con otras substancias como el algodón pólvora. Sin embargo, tendía a volverse inestable en condiciones de humedad, reaccionando con el contacto con los metales, lo que obligaba a barnizar el interior del cuerpo de las granadas o proyectiles que lo usasen. El problema se solucionó con la introducción en 1902 del trinitrotolueno que, aunque menos potente, era mucho más estable y, al mismo tiempo, podía mezclarse con otra substancias para obtener otros explosivos como el amatol, la pentolita, el tetrytol, etc. En cualquier caso, es el trinitrotolueno el que se usa como baremo para medir la potencia de los explosivos con un índice de 1.00, siendo a partir de dicho índice el indicador que nos dirá si es más o menos potente. Por ejemplo, mientras que el nitrato de amonio tiene un índice de 0,42, el amatol 50/50, o sea, una mezcla de esa substancia con trinitrotolueno a partes iguales, tiene un índice de 1,20. El más potente es el hexógeno con un índice de 1,60, también conocido como RDX, T4 o ciclonita, y que se empezó a usar durante la 2ª Guerra Mundial. Mezclado con trinitrotolueno es el Torpex que puede que a alguno le suene de alguna peli de malvados de esos que se despiertan oyendo voces que les dicen que sólo Alláh es grande. Estos explosivos son generalmente muy estables ante los golpes o la fricción, precisando para su detonación una detonador o multiplicador como veremos más adelante. De hecho, el hexógeno puede arder sin explotar, y el famoso C-4, cuyo principal componente es precisamente el hexógeno en un 91% combinado con un plastificante y un aglomerante, era usado por los yankees en Vietnam para calentarse sus abominables latas de judías con jamón si se veían sin las pastillas de gasolina que suministraban para ello. Eso sí, los vapores que soltaba el C-4 al arder podían fundirte medio cerebro, así que había que tener la precaución de ponerse siempre con el viento a la espalda por si acaso.

Granada japonesa Tipo 91, cargada con 65 gramos de TNT. Esta granada
tenía una espoleta de tiempo por percusión. Quizás algunos las recuerden de
la película "Cartas desde Iwojima" cuando el personal se suicida golpeando
la espoleta contra el casco para activarla y luego apretándolas contra el
vientre en plan hara-kiri explosivo. Su retardo era de 7-8 segundos
Aclarada la cuestión explosiva, independientemente del tipo de granada que sea usará una espoleta de tiempo o de impacto. Las primeras están concebidas para detonar pasado un determinado tiempo desde el armado de la granada, generalmente entre 4 y 8 segundos dependiendo del modelo y fabricante, mientras que las otras detonarán cuando choquen contra algo, ya sea el suelo, una pared, el mismo cuerpo de un enemigo o la dentadura de un cuñado. El tipo de espoleta no tiene nada que ver con el de la granada, es decir, que una granada, ya sea ofensiva o defensiva, puede usar ambos tipos de espoleta. Las ventajas e inconvenientes de ambos sistemas los veremos a continuación. Ojo, expondremos las tipologías más representativas ya que, de lo contrario, esto no sería una entrada bloguera, sino una enciclopedia detonante. No obstante, dentro de cada tipología las distintas versiones venían a tener un funcionamiento similar. De lo que se trata es de que podamos comprender el proceso de funcionamiento en general, no modelo por modelo. Bueno, al grano...

ESPOLETAS DE TIEMPO

Cartel propagandístico en el que se ve a un poilu
arrojando una  granada mod. 1914 provista de
un retardo de 4 segundos. Pesaba nada menos
que 1 kg. con una carga de 110 gramos de
pólvora negra
El origen de este tipo de espoleta lo tenemos en las mechas usadas en las granadas hasta la Gran Guerra. Como ya podemos suponer, de su longitud dependía el tiempo que tardaba en explotar, y para encenderlas era preciso llevar encima otra mecha, fósforos, una pipa o cigarrillo encendidos, etc. Lógicamente, el retardo debía ser lo suficientemente largo como para lanzar la granada sin que explotase demasiado cerca, ni tan largo como para dar tiempo al enemigo a devolverla. En caso de existir ese riesgo por estar el enemigo demasiado cerca o en una situación que se lo permitiera, al lanzador no le quedaba más remedio que mantener la granada en la mano y lanzarla con el tiempo justo para ponerse a cubierto ya que la explosión tendría lugar en un segundo o dos. Por poner una situación en que fuera necesaria esta peligrosa práctica, pongamos que se quiere arrojar una dentro de una casamata. Si los ocupantes se percatan del peligro tienen tiempo de sobra de echarla fuera por una tronera, así que para eliminar esa posibilidad se dejaba arder la mecha hasta que la explosión fuese inminente. Como es lógico, para esto hacía falta una dosis de testiculina y sangre fría que no todos tenían. 

El retardo habitual oscilaba entre los 4 y los 6 segundos, llegando a los 8 en algunos modelos con una tolerancia de ±0,5 segundos. La principal ventaja de este tipo de espoleta es que, salvo defectos de fábrica, eran bastante seguras para el lanzador, que podía controlar el momento preciso para arrojarla en función de la distancia a cubrir. En cuanto a sus defectos, aparte de la posibilidad de que el enemigo la devolviera, tenemos los fallos de ignición. Si el retardo no prendía ya no había posibilidad de hacerla estallar salvo que se recuperase la granada, se desmontase la espoleta y se sustituyera por una nueva, lo cual era una chorrada como ya podemos imaginar. Si fallaba se lanzaba otra más y santas pascuas. Veamos los distintos tipos de espoletas de tiempo más significativos.

ENCENDEDOR DE PERCUSIÓN. Es el sistema más antiguo cuyo modelo más representativo era el modelo 1915 que armaba la granada F-1 francesa.  Este modelo, como vemos en el croquis de la derecha, estaba formado por un cuerpo de hierro fundido pre-fragmentado que, sin embargo, era habitual que se partiese en trozos más grandes. Como vemos, el tapón encendedor estaba protegido por un protector de cartulina de 60 mm. de largo por 12 de diámetro que, debido al material empleado, era susceptible de deteriorarse con la humedad. Una vez retirado se golpeaba el tapón encendedor bien contra la palma de la mano, el casco o lo que fuera para iniciar el proceso que sería el siguiente:

1. El mixto colocado en la parte interior del tapón golpea el frictor, haciendo saltar una chispa. Para hacernos una idea, es el mismo sistema empleado por los fulminantes de los cartuchos, pero en vez de golpear la cápsula por fuera se golpea directamente el mixto por dentro.
2. Dicha chispa prende el retardo colocado en el interior de un tubo. En este caso era de 5 segundos. El orificio de salida de humos era para favorecer la combustión.
3. El retardo arde hasta llegar al detonador a base de fulminato de mercurio, que estalla.
4. El detonador inicia la carga explosiva, en este caso de 60 gramos de chedita, shneiderita o amatol. Su radio de acción era mortal hasta los 20 metros, y bastante peligroso hasta los 75 si bien incluso a 200 metros podía matar o herir gravemente si alguno era alcanzado por algún fragmento de metralla.

Este sistema tenía un grave inconveniente, y era que si el tapón protector se caía inadvertidamente o se ablandaba a causa de la humedad y la granada caía al suelo, golpeándose el tapón encendedor, ya podemos imaginar las consecuencias. Este tipo de accidente no fue raro, por lo que el tapón de cartulina fue sustituido por otro de bronce de menor longitud. Además, para asegurar un encendido correcto era preciso golpear el tapón verticalmente. De lo contrario el frictor podía no hacer saltar la chispa del mixto. A la derecha podemos ver en el centro la primera versión de esta granada con el tapón protector de cartulina. A la izquierda tenemos la segunda versión con el tapón de bronce y, finalmente, a la derecha está la granada desprovista del protector con el tapón encendedor a la vista.

ENCENDEDOR DE TRACCIÓN. Este sistema fue introducido por los alemanes con la Kugelhandgranate (granada de bola) modelo 1913, una granada defensiva con el cuerpo de hierro prefragmentado que podemos ver en la ilustración de la derecha. En este caso, el armado de la granada se efectuaba tirando de un frictor que prendía el retardo, que según la versión podía ser de 5, 7 u 8 segundos. El peso total de la granada era de 1 kg. con una carga de 45 gramos de una mezcla de pólvora negra, nitrato de bario y perclorato de potasio. Sin embargo, este sistema es mucho más conocido gracias a su emblemática granada de mango, la Stielhandgranate modelo 1915 que con sus sucesivas versiones, se convirtió en algo tan representativo del ejército alemán como su característico casco. Esta granada tenía un peso bastante elevado, 820 gramos de los cuales 270 eran la carga de nitrato de amonio que, posteriormente, fue sustituido por la más potente tolita. Sin embargo, su mango de entre 24 y 26 cm. de largo permitía lanzarla a distancias superiores que los modelos convencionales más livianos. Básicamente, este tipo de granada constaba de un cuerpo metálico forrado por dentro con una lámina de cartón para impedir que la carga explosiva tocase el metal. El detonador iba en el mango de madera cuyo interior hueco permitía alojarlo, así como el cordel que accionaba el mismo. 


En el croquis de la derecha tenemos una vista en sección de la granada y el detalle del detonador. En este primer modelo el cordel no quedaba oculto dentro del mango, que estaba cerrado con un tapón, sino que asomaba por el extremo del mismo y era asegurado con una simple tira de papel. Ante la evidente falta de seguridad de este sistema fue cuando se introdujo el tapón en el modelo 1916 y posteriores. La secuencia de ignición sería como sigue: 

1. El lanzador rompe la tira de papel situada en la base del mango y tira del cordel que va unido al alambre.

2. Este alambre está a su vez unido al frictor, que al bajar bruscamente encenderá la substancia inflamable que vemos al final del tubo de cartulina que contiene todo el conjunto. Básicamente sería algo similar a lo que hacemos al prender una cerilla.

3. La substancia inflamada prenderá el retardo, que podía ser de 5,5 o 7 segundos. El tiempo estaba marcado en el mango por si algún despistado no se daba la suficiente prisa por lanzarla y le estallaba en plena jeta.

4. El retardo prendía al final de su recorrido un fósforo que, a su vez, iniciaba el detonador produciéndose la explosión de la carga.

Como vemos, el sistema es básicamente similar al de encendido por percusión con la única diferencia de que en el primero se armaba la granada golpeando un tapón y en este caso tirando de un cordel, pero a partir de ahí el proceso de ignición era exactamente igual.


Dos tommies practicando el lanzamiento de granadas. Para
que aprendieran con rapidez les hacían lanzarlas como si
fueran pelotas de cricket
ENCENDEDOR DE PALANCA. Este es sin duda el más conocido de todos, o sea, el que hay que tirar de la anilla. Las dos primeras granadas en usarlo fueron la Mills británica, introducida en 1915, y la F1 francesa como la que vimos anteriormente, pero armando una espoleta inventada por Billant en 1916. Este sistema es el más seguro para el lanzador ya que la granada no se arma hasta que abandona su mano y se libera la palanca. La anilla famosa, para el que no lo sepa, solo sirve para extraer el pasador que retiene la palanca en su sitio, y hasta que esta no salta impulsada por un resorte no pasa absolutamente nada. De hecho, si no se ha soldado la palanca en cuestión se podría volver a colocar el pasador en su sitio y guardar la granada para mejor ocasión. En sí, este sistema es igual al de encendido por percusión salvo con la diferencia que, en este caso, la ignición no la produce el lanzador, sino un percutor alojado en la espoleta. Veamos la secuencia en una granada Mills:


1.Una vez extraída la anilla, el lanzador arroja la granada. En el momento en que esta abandona la mano, un resorte impulsa la palanca de seguridad y comienza el armado de la granada.

2. Al saltar la palanca queda liberado el percutor que vemos dentro de un muelle helicoidal pintado en azul y que permanece comprimido por la acción de la palanca. El muelle impulsa al percutor hacia abajo, golpeando un pistón que inicia el retardo, en este caso de 7 segundos. Este pistón es en realidad el culote de una vaina de calibre .22 de percusión anular, de ahí los resaltes que vemos en el percutor. De ese modo se asegura la detonación al golpear en más de un sitio.


3. Una vez que el retardo ha ardido inicia el detonador que a su vez hará estallar la carga explosiva. La masa total de la granada era de 700 gramos  aproximadamente, incluyendo una carga de unos 60 gramos de explosivo. Se usaron varios de ellos: alumatol, amonal, amatol, bellita, trinitrotolueno y sabulita. Aunque el cuerpo de esta granada era el típico de hierro prefragmentado, se hicieron pruebas en las que se pudo observar que la explosión producía muchísimos más cascos de metralla que lo que le correspondía, alcanzando casi 500 fragmentos que iban desde pequeñas esquirlas a trozos de 2,5 cm. Sus efectos eran los habituales en este tipo de granadas, siendo mortal en un radio de unos 20 metros y capaz de causar heridas graves o matar a unos 100. 

En la imagen de la derecha podemos ver el cuerpo de la espoleta cortado en sección para apreciar con más detalle los mecanismos. En el interior vemos el percutor con el muelle totalmente extendido. La flecha roja señala la muesca donde encaja la palanca que lo mantiene en posición de seguridad. La flecha azul marca el detonador de fulminato de mercurio contenido en una cápsula de aluminio, y en verde vemos la mecha.

A lo largo del tiempo se han diseñado infinidad de espoletas de este sistema que, naturalmente, siguen en uso. De hecho, la Mills ha estado en servicio en algunos países como Pakistán o la India hasta los años 80, lo que demuestra lo acertado de su diseño. Y si alguno se pregunta qué hacer en caso de necesitar que la explosión se produzca apenas se lance, pues bastaba con sacar la anilla y abrir un poco la mano para que la palanca salte, armando así la granada. A partir de ahí bastaría contar hasta casi agotar el retardo mientras los testículos trepan a la garganta a una velocidad increíble, porque si  uno de esos chismes le explota a uno encima lo deja muy, pero que muy perjudicado. 

Bien, estos son los tres sistemas de encendido con retardo que, con sus diversas variantes, han armado estos peligrosos artefactos durante más de un siglo. Veamos a continuación como funcionaban las espoletas de impacto.


Granada Lafitte mod.1921
Este tipo de espoleta, como ya avanzamos anteriormente, detonaban al chocar contra cualquier cosa. En función del modelo podían armarse liberando un pasador de seguridad o mediante una cinta que se iba desliando a medida que volaba hacia el objetivo. Una vez que esta se soltaba, generalmente por la acción de un contrapeso situado en el extremo, la espoleta quedaba armada. Es lo que se conoce como seguro de distancia, concebido para que no pueda explotar por la simple inercia en el instante de lanzarla, o bien si por error o un mal uso del arma se golpea contra el parapeto de la trinchera o se deja caer a pocos metros de distancia, como ocurría con la Nº 1 Mk. I británica, que incluso las mismas tropas se negaban a usar por el peligro que entrañaban. El modelo quizás más conocido por estos lares de este tipo de granada era la Lafitte italiana, muy usada por las tropas nacionales durante la guerra civil y en servicio en el ejército español durante varios años después. Se trataba de una granada ofensiva de 415 gramos de peso con un cuerpo de hojalata que, a pesar de todo, al estallar podía fragmentarse en trozos lo bastante grandes como para hacerle la pascua a más de uno, y sus 200 gramos de nitramina producían unos estallidos que dejan al personal los testículos del tamaño de canicas. Como vemos en la foto, la cinta del seguro de distancia estaba unida a una chapa que la ayudaba a desliarse.


A la izquierda, una granada P1 francesa, y a la derecha una Diskusgranate
15 alemana. Son feas de cojones, ¿que no?
Otro de los primeros modelos en usar una espoleta de impacto fue la granada de disco alemana, la Diskusgranate mod. 1915, un curioso artefacto defensivo con el cuerpo prefragmentado en el interior y provisto de seis detonadores cuya intención era producir la detonación gracias a la inercia de un percutor en forma de estrella situado en el centro de la granada. Así, cayese como cayese, se aseguraba la explosión. Por cierto que, gracias a su peculiar morfología, un lanzador podía alcanzar los 50 metros de distancia. En todo caso, no tuvo una vida operativa precisamente extensa debido a las preferencias por otros modelos en servicio. Por citar una más del período de la Gran Guerra tenemos la P1 francesa, conocida como granada de pera o de cuchara. El primer mote era por su forma, y el segundo por la palanca que armaba la espoleta, de aspecto parecido a uno de esos chismes tan útiles para tomarse la sopa. Tuvo también poca vida operativa, pero en este caso porque tenía más peligro que un alacrán infectado de viruela, y es que ambos modelos tenían el mismo defecto: quedaban armadas antes del lanzamiento, lo cual era bastante inquietante, por lo que se prefirieron los modelos provistos de seguro de distancia por si las moscas. Pero, cuestiones de seguridad aparte, las granadas con espoleta de impacto eran muy útiles para preparar trampas explosivas ya que, una vez armadas y manipuladas con precaución, podían idearse infinitas maldades para chinchar al enemigo. Por ejemplo, poner una encima de una puerta entreabierta. Si alguien la abría, la granada caía al suelo y explotaba, cosa que no se podía hacer con una de retardo. Bueno, dicho esto veamos como funcionaban estas granadas.


ESPOLETAS DE IMPACTO. En este caso mostraremos la secuencia en el modelo británico nº 69 Mk.I que entró en servicio en 1940 y que se asemeja mucho a la fabricada en España por Plásticas Oramil, S.A., la cual puede que muchos recuerden si tuvieron la ocasión y el honor de servir a la Patria antes de que se aboliera el servicio militar. Me refiero a las PO-1, 2 y 3 que parecían talmente un termo para gnomos, pero que con sus 150 gramos de trilita daban unos petardazos importantes. Al igual que la PO-1, la nº 69 era una granada ofensiva con el cuerpo de baquelita que quedaba pulverizado por la acción de la carga explosiva, en este caso de 92 gramos de amatol, ácido pícrico o baratol y, según vemos en el gáfico de la derecha, estaba provista de un seguro de distancia en forma de cinta, como era habitual, así como un seguro de transporte que sería el tapón superior, el cual impide que se deslíe la cinta hasta que se arroje la granada. La secuencia sería la siguiente:

1. El lanzador gira el tapón y lanza la granada sin más historias. No hace falta que lo haga de inmediato ya que hasta que no vuele por los aires no se desliará la cinta del seguro de distancia.

2. Una vez lanzada y según vemos en la figura central, el contrapeso de plomo situado en el extremo de la cinta ayudará a desliar los 29 cm. de dicha cinta. Al final de la misma está unida al pasador de seguridad que, una vez extraído, liberará la bola de inercia. Cuando se produzca el impacto, esta golpeará el percutor que a su vez iniciará el detonador, y este a su vez la carga explosiva. 

En sí, como decíamos, este sistema era bastante eficaz por su seguridad a la hora de manejarlas tropas poco o nada entrenadas ya que evitaba multitud de accidentes. No obstante, la bola de plomo podía causar, y de hecho causó, heridas en los mismos lanzadores. La PO-1 no solo tenía la bola en cuestión, sino también la carcasa de latón que alojaba el percutor, así que había que tener cuidado porque no eran cien por cien inofensivas para el que las arrojaba. En cualquier caso, como ya hemos dicho, el principal cometido de este tipo de granadas era acojonar al personal y, si caían en una trinchera o una casamata, la onda expansiva podía resultar fatal ya que su radio letal oscilaba por los 2 o 3 metros en campo abierto, y en un sitio cerrado eran mortíferas.

Bueno, dilectos lectores, con esto terminamos. Los cuatro tipos de espoletas más empleadas son las que hemos ido viendo a lo largo de esta entrada, que espero haya resultado clarificadora para los que están hartos de ver como se lanzan esos chismes pero nunca han podido averiguar como leches funcionan. 

Acaba de sonar la campana de la merienda, así que me piro prestamente.

Hale, he dicho

Entradas relacionadas:

Granadas de mano

Sobrino del tío Sam arrojando una granada, posiblemente una Mk I muy similar a la F1 francesa. Como en tantas cosas,
el ejército yankee adolecía de una carencia total de este tipo de armas cuando se sumó a la fiesta. La producción en masa
del modelo mencionado no se pudo iniciar hasta después del verano de 1917

domingo, 14 de enero de 2018

LA PESTE. Gazapos y curiosidades varios




Mis cervicales me odian. Es un odio profundo, atávico, visceral. Más que cervicales parecen cuñados. Y lo peor es que cuando el tiempo se pone en plan invernal, lo que no es frecuente en estos lares, se rebelan, les domina la ira y me declaran una guerra total. Así pues y ya que no estoy para temas enjundiosos, que el metamizol magnésico me sale ya por las orejas y que la llegada del hombre a Marte aún no ha tenido lugar, aprovecharé para comentar algunas cosas sobre esta serie televisiva de la que tanta propaganda llevan hecha y por la cosa de que la acción transcurre en la ciudad que me vio nacer y, posiblemente, me vea entregar la cuchara dentro de muchos años, espero. Además, hacía muchísimo tiempo que no dedicaba ninguna entrada a temas cinematográficos (por cierto que no sé dónde carajo han ido a parar todas las entradas que se publicaron sobre se tema), por lo que no vendrá mal dedicarle una a esta serie. Ojo, esto no será una crítica, porque para gustos colores. De hecho, las críticas cinematográficas siempre me han parecido absurdas, entre otras cosas porque serán buenas o malas en función de lo que los productores unten a los críticos de cine, esos ciudadanos que juzgarán con benevolencia o rigor extremo una película en función de la cuantía de la untada. No obstante, y si alguien me pregunta, le diré que me ha parecido enrevesada, demasiado oscura, con un sonido pésimo y, aparte de eso, no he logrado enterarme de qué carajo va la cosa ni siquiera cuando acaba.

Pero de lo que hablaremos será de los curiosos gazapos que he visto en la serie que, en teoría, esta cuidada al máximo en lo tocante al rigor histórico, así que nos vendrán de muerte para chinchar al cuñado que, seguramente, ya se ha bajado todos los capítulos y pretenda largarnos una filípica acerca de las bondades del producto. Veamos pues...

Gazapo 1. Dan las distancias en metros en vez de en varas, pasos, etc. No deja de ser curioso que en los doblajes de las pelis anglosajonas respeten su sistema de medidas hablando de millas, pies, pulgadas, galones o libras y que en una película española rodada en español digan en pleno siglo XVI que tal cosa está a 200 metros en vez de a 142 pasos.

Gazapo 2. Sale mucha gente rezando, pero en español. En aquella época se rezaba en latín y, de hecho, las oraciones se aprendían en latín, y la misa por supuesto se decía también en ese idioma tan cristiano. Hasta un ciudadano analfabeto rezaba el padrenuestro en latín porque, simplemente, no existía en otras lenguas, y se rezaba igual en España o en Moscú.

Gazapo 3. Mencionan que las casas de lenocinio estaban regidas por la Iglesia. No sé de dónde habrán sacado ese dato, pero es absurdo. Intuyo que lo habrán deducido, erróneamente, por el hecho de que el cabildo catedralicio alquiló varias dependencias del antiguo Patio de los Olmos, anejo a la catedral, para negocios particulares cuando el edificio del ayuntamiento fue terminado. Al abandonar el concejo hispalense las dependencias que ocupaban en dicho recinto este quedó solo como alojamiento para clérigos de paso y locales comerciales precisamente para despejar de mercaderes las gradas que en esta serie aparecen llenas de tratantes. Si en alguno de dichos locales había un putiferio no quiere decir que fuese gestionado por la Iglesia que, de hecho, acabó demoliendo el patio de marras precisamente porque se había convertido en un nido de antros para timbas, tahúres, jugadores de ventaja, robacapas y, por supuesto, putas a mansalva.

Gazapo 4. Los personajes se hablan entre ellos de usted, forma abreviada del vuesa merced que se usaba en aquella época y que luego degeneró en vuecé para, finalmente, acabar como usted, muy posterior a la época que nos ocupa. En el siglo XVI la gente se trataba de vos salvo familiares y allegados muy íntimos y a veces ni eso.

Gazapo 5. Los pozos de nieve. Vean la imagen, en la que el protagonista, Mateo Núñez, comparte condumio con el padre Celso de Guevara que le ofrece vino que mantiene fresquito en una cubitera. Le dice que es nieve de la Sierra Norte, y que han descubierto que se conserva bien en algunos pozos. Anda un poco atrasado el padre Celso ya que los pozos de nieve los usaban los romanos, y en España eran empleados por los moros desde siempre.

Gazapo 6. ¿Recuerdan aquella escena de "El silencio de los corderos", cuando van a estudiar el cadáver de una de las víctimas del malvado desollador? Los presentes se untan en el bigote una substancia para tapar el hedor del cadáver en descomposición. Bueno, pues aquí hacen lo mismo cuando van a hacer la autopsia a un muerto. No sé de dónde habrán sacado eso de untarse potingues aromáticos, la verdad. Aparte de que en aquella época diseccionar a un cadáver era la mejor forma de acabar procesado, el término autopsia no existía, como tampoco disección o disecar. Estas historias en plan CSI renacentista no cuadran mucho, la verdad.

Gazapo 7. Teresa Pinelo, personaje que aparece como pintora y viuda de un sedero que firma los cuadros con el nombre de su padre, un tal Francisco Pinelo, porque las féminas lo tenían chungo para vender arte en aquella época. Que yo sepa, y si estoy equivocado que me corrijan, el único Pinelo dedicado a la pintura fue José Pinello Llull (1861-1922). En los "Anales Eclesiásticos y Seculares de la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Sevilla" de Ortiz de Zúñiga de 1796 solo aparece una Teresa Pinelo, en la que es mencionada únicamente como querida de don Per Afán de Ribera, muerto en Nápoles el 2 de abril de 1572 siendo virrey. Esta mujer, a la que trata como "doncella noble", dio un hijo espurio a don Per Afán con el nombre de Juan de Ribera que, metido a clérigo conforme era habitual en los bastardos de la nobleza, llegó a arzobispo de Valencia y a ostentar el patriarcado de Antioquía. Los Pinelo fueron una familia de comerciantes de origen genovés asentada en Sevilla cuya cabeza visible fue Francisco Pinelo (¿? -1509) que desempeñó el cargo de factor de la Casa de Contratación, pero pintar parece ser que pintaba poco. Estuvo casado con María de la Torre y de cuyo matrimonio nacieron dos hijos: Jerónimo y Pedro. Así pues, no sé de dónde habrá salido esta Teresa salvo que sea un personaje de ficción y lo hayan querido hacer pasar como histórico para cubrir la cuota feminista obligatoria.

Gazapo 8: Los efectos virtuales son bastante buenos, las cosas como son. Sin embargo, cometen unos errores absurdos en lo tocante a proporciones o perspectivas. El más flagrante es este de la foto, que ofrece una panorámica de Sevilla cuando el protagonista, Mateo Núñez, llega desde Toledo. Bueno, el fallo radica en que esa perspectiva solo es posible si se llega desde Huelva, o sea, desde el oeste. Sevilla está en un inmenso llano dominado por el Aljarafe, a poniente de la ciudad, y es por eso por lo que todos los grabados renacentistas de la misma están tomados desde esa comarca, precisamente porque es desde donde se disfruta de una vista panorámica de la urbe. Por cierto que este error es habitual, porque ya se vio en aquella serie sobre Teresa de Ávila que protagonizó Concha Velasco en 1984. Un viajero que llegase desde el norte avistaría Sevilla desde el nivel de la ciudad, y podría acceder a ella por la Puerta de Carmona, la Puerta de Córdoba o la Puerta de la Macarena dependiendo de la parte de la ciudad donde se quisiera dirigir. En aquellos tiempos, el camino desde Córdoba a Sevilla se hacía por la margen derecha del Guadalquivir, pasando por Palma del Río, Lora del Río, Alcalá del Río y La Algaba.

Gazapo 9. Con esta humillarán a sus cuñados hasta límites inhumanos. La imagen que vemos corresponde a la Puerta del Arenal, por donde el protagonista entra a la ciudad tras cruzar el río en barca. Bien, al fondo a la derecha se vislumbra la esbelta silueta de la Giralda y un templo que hemos señalado con una flecha. Se trata de la iglesia del Salvador, que fue construida sobre los cimientos de la antigua mezquita de Ibn Adabbas, la cual fue sacralizada y reformada para su uso como templo cristiano tras la reconquista de la ciudad a manos de Fernando III en 1248. Debido a su mal estado (el edificio original databa nada menos que de 830) fue derribado en 1671 para construir en su lugar el templo de estilo barroco cuyas obras duraron desde 1679 a 1712. En fin, esa iglesia no pinta nada ahí.


Gazapo 10. El protagonista, ya dentro de la ciudad, se ve ante la majestuosa sede hispalense tal como vemos en el fotograma. Bien, esa panorámica es la que se ve cuando se llega desde la calle Mateos Gago, y para orientarnos mejor tenemos marcada con la flecha la Capilla Real. Pero la cosa es que precisamente delante de esa fachada era donde estaba el Patio de los Olmos, por lo que para verla era imprescindible acceder al mismo, lo que se hacía desde una puerta situada junto a la Giralda, a la derecha de la imagen, o bien por otra junto a la Capilla Real, a la izquierda. En esta entrada pueden vuecedes enterarse de más entresijos sobre este recinto tan peculiar que se encontraba donde actualmente está la plaza de la Virgen de los Reyes. Unos transeúntes situados donde aparecen los personajes de la imagen solo verían un alto muro y la catedral asomando por detrás del mismo.


Gazapo 11. El saturnismo del probo impresor. El sujeto de la imagen, impresor de oficio, hace una breve aparición tosiendo como un tísico en estado terminal. El protagonista, que es asaz observador, afirma que se debe al plomo, que es venenoso, en referencia a los tipos de imprenta que usa en su oficio. Veamos, la manipulación del plomo no tiene ningún efecto nocivo si no entra en el cuerpo pero, en fin, aceptemos que el impresor es un guarro que no se lavaba las manos tras manejar los tipos y luego se rechupeteaba los dedos. Pero la cosa es que, entre la extensa sintomatología del saturnismo, no aparece la tos que no abandona a este hombre. Los que son apreciables a simple vista, o sea, los que se manifiestan exteriormente aparte de que por dentro esté en las últimas, son vómitos, vértigos, letargo, ataxia (descoordinación en los movimientos) y dolores abdominales, pero nada de toses. Igual es que estaba acatarrado y el protagonista se confundió, quién sabe...


Gazapo 12. Este fotograma nos ofrece una interesante vista del aspecto de la Torre del Oro cuando era una albarrana que cerraba el paso al arenal mediante una coracha que la unía a la Torre de la Plata, que vemos a la izquierda de la imagen. En realidad, aquí tenemos más que un gazapo un error en las proporciones. La entrada a la torre, como ya se explicó en su día, es la misma por la que se accedía a ella a través del adarve de la coracha, que correspondía aproximadamente a la altura que marca la flecha o quizás incluso más abajo. Puede que el error se deba a un detalle, y es el desconocimiento de que hay una planta baja que fue macizada a raíz del terremoto de Lisboa para reforzar su estructura, que quedó bastante dañada hasta el extremo de plantearse su derribo. En todo caso, lo cierto es que la torre era al menos 4 o 5 metros más alta de lo que vemos en esa foto. Por lo demás, la recreación está bastante lograda, y han tenido en cuenta que el tercer cuerpo, que no vemos en la foto, fue añadido en el siglo XVIII, precisamente tras las obras de consolidación efectuadas a raíz del puñetero terremoto. En cuanto a la Torre de la Plata, es más estrecha en relación a su hermana mayor, pero bueno, tampoco es plan de cogérsela con un papel de fumar.


Gazapo 13. Ahí tenemos una recreación del castillo de Triana, en aquella época denominado también como castillo de San Jorge y sede del Santo Oficio hispalense. La flecha roja marca el puente de barcas que unía Sevilla con el arrabal trianero hasta que se construyó el puente de Isabel II entre 1845 y 1852. Sin embargo, la flecha azul marca unos arcos que serían los Caños de Carmona, el antiguo acueducto romano que traía agua desde la fuente de Santa Lucía, en Alcalá de Guadaría. Este acueducto entraba en la población por la Puerta de Carmona, situada al este, o sea, justamente al fondo de la imagen, que correspondería a la zona del Alcor. Aparte de eso, el castillo debería aparecer enlucido y encalado, y no con el mampuesto a la vista. Como eso ya se explicó años ha no es plan de repetirlo, pero esa imagen de los castillos de piedra vista es simplemente a consecuencia de que casi todos han llegado a nuestros días con los enlucidos prácticamente desaparecidos. Por cierto, en esta toma han omitido la cúpula de la iglesia del Salvador que comentamos antes.


Gazapo 14. Este es glorioso. Es una continuación de la toma anterior que va recorriendo el castillo. Pero al final del mismo, ¿qué nos encontramos? Nada menos que con la torre de Don Fadrique, que no sé para qué leches la han trasplantado desde su ubicación en el jardín del convento de Santa Clara, dentro de la ciudad. De esta emblemática torre ya se habló largo y tendido en su día, así que los que la desconozcan o quieran saber su situación dentro de Sevilla sírvanse pinchar aquí. La verdad, no entiendo el motivo de cargarse una recreación tan bien hecha con algo que da tanto cante.

Gazapo 15. Esta escena nos muestran las fosas comunes en las que van enterrando a las víctimas de la peste. Por la posición del castillo de Triana, que vemos al fondo, después del río, se desarrollaría aproximadamente en lo que hoy es la zona de La Barqueta, al final de la calle Torneo. En aquella época, los que palmaban a consecuencia de estas epidemias los mandaban al Prado de San Sebastián, un extenso ejido situado al este, lejos del río. Enterrar gente en esa zona, que todos los años se anegaba por las crecidas del Guadalquivir, sería la mejor forma de desenterrarlos con las consecuencias de tipo sanitario que tendría ya que las aguas entraban en la población con bastante facilidad. En esta entrada se explicó ese tema en su día. 


Gazapo 16. Este es fastuoso. Ahí vemos a un probo matasanos deambulando por un hospital lleno de apestados con la jeta cubierta con la típica máscara con forma de cabeza de pájaro que se usaba pensando que protegía contra la enfermedad. Pero lo bueno no es la máscara, que es correcta, sino el sombrero de tres picos con que se cubre. Aunque la calidad de la imagen pueda hacer pensar a alguno que no es así, puedo asegurar que es un sombrero de tres picos. Qué despiste, ¿no?


Añadir leyenda
Gazapo 17. La teja. Es el sombrero que llevan esos dos curas. La teja era un derivado del capelo romano al que se curvaban un poco las alas por los lados. En el siglo XIX dichas curvaturas eran tan exageradas que les daba el aspecto de una teja, de ahí el nombre. Ese tipo de sombrero no se empezó a usar por los curas rasos hasta el siglo XVII, y se mantuvo hasta no hace muchos años. Recuerdo verlo puesto a algunos curas ya mayores cuando era un mozalbete pero, en todo caso, en el siglo XVI aún no estaban de moda. 


Gazapo 18. Aquí también se nos adelantan en el tiempo unos añitos de nada con ese fabuloso espejo estilo barroco que aún estaba por nacer. Surgido en Italia a principios del siglo XVII, no tardó mucho en llegar a España, donde alcanzó un esplendor magnificente. Pero, en este caso, la mentada magnificencia estaba por llegar.


Gazapo 19. Sí, ya sabemos que las llaves de chispa surgieron en el último cuarto del siglo XVI (la acción transcurre en 1597), pero si el mismísimo césar Carlos, amante apasionado de las armas al que proveían los mejores armeros de España, Alemania e Italia seguía usando pistolas con llave de rueda, dudo mucho que un Veinticuatro del cabildo hispalense ya tuviera una de chispa. De hecho, la proliferación ese tipo de armas no empezó hasta un tanto avanzado el siglo XVII con las llaves de patilla.


Gazapo 20. En el auto de fe vemos a los cuatro malditos herejes a punto de ser condenados a formar parte de una barbacoa. Eran relajados, o sea, entregados al brazo secular ya que la Iglesia no podía condenar a muerte a nadie. Como vemos, van vestidos con unos sambenitos y sus respectivas corozas, que son esos cucuruchos que llevan sobre la cabeza, todo ello de un color gris oscuro. En este caso, en realidad los sambenitos eran negros con llamas y demonios pintados en rojo, a modo de amable recordatorio de lo que les esperaba en el Más Allá tras partir convertidos en torreznos del Más Acá. En cuanto a las corozas, iban pintadas de rojo. 


Gazapo 21. El probo ciudadano que vemos depositando una moneda sobre el pecho del aspirante a difunto le dice: "Para el barquero, buen viaje", costumbre que como sabemos era propia de los paganos romanos, que ponían una moneda en la boca del difunto, cuando ya había palmado, para pagarle a Caronte por cruzar la Laguna Estigia. Qué gazapo más chorra, ¿no?



Curiosidad 1. Esta secuencia está rodada en el pasillo inferior del anfiteatro de Itálica, de donde parten las escaleras que conducen a la IMA CAVEA, o sea, la situada en el nivel más bajo y reservada a los patricios y caballeros. El protagonista ha accedido a ella directamente desde la arena, y frente a él se ve uno de los accesos al graderío superior. Todas las escenas que aparecen a continuación están rodadas en el anfiteatro, así como en el túnel que conduce a la FOSSA BESTIARIA del mismo.


Curiosidad 2. Esta también les vendrá de muerte por si al cuñado aún no se le han atragantado las almendritas con que acompaña al whisky. Lo que ven no es de Sevilla, sino la alcazaba de Alcalá de Guadaíra. Esa escalera de madera es falsa o, más bien, un recurso para forrar la que hicieron nueva cuando restauraron el recinto hace pocos años y que es un adefesio de hormigón que entona con el resto del edificio tanto como a un santo dos pistolas. La puerta por donde está entrando el soldado es precisamente la que da acceso a esa escalera, la cual comunica con el adarve.


Curiosidad 3. Y ahí tenemos una de las puertas de la muralla de Sevilla que, en realidad, pertenece al Alcázar de la Puerta de Sevilla, en Carmona. Es una puerta con pasillo de acceso directo de la antigua fortaleza árabe que defendía el acceso de la zona baja de la población, por lo que también es conocida como Alcázar de Abajo.


Curiosidad 4. Aquí tenemos la consumación del auto de fe con la cremación de los malditos herejes, que han situado en el Patio de los Silos del alcázar de Alcalá de Guadaíra. El caserío urbano que se ve tras las murallas es un efecto virtual ya que tras las mismas solo se verían los enormes eucaliptos que hay en lo que antaño fue la villa medieval, terreno que hoy solo está ocupado por la iglesia de Ntra. Señora del Águila. Como ya explicamos en su día, el quemadero del Santo Oficio estaba situado a extramuros, justo donde se encuentra actualmente la majestuosa estatua de nuestro héroe nacional, Rodrigo Díaz, que en su día donó Doña Margaret Huntington a la ciudad a raíz de la Exposición Iberoamericana de 1929.


Curiosidad 5. En algunas escenas se ve a uno de los personajes deambulando por un foso que, intuyo, debe querer representar lo que según la leyenda se conocía como la Cava, que sería el foso del castillo de Triana, convertido en nido de tugurios y gente de mal vivir. No obstante, hay diversas teorías sobre el tema de la Cava si bien ahora no vienen a colación. En todo caso, sea o no la dichosa Cava, para rodar esas escenas han recurrido al foso del Alcázar del Rey don Pedro de Carmona

Bueno, si con esta serie de gazapos y curiosidades curiosas no logran que sus aborrecidos cuñados se corten las venas longitudinalmente, recurran a la escopeta del abuelo y les endilgan una posta lobera en la caja del pecho y aquí paz y después gloria, amén de los amenes.

Es tiempo de merendar y de ponerme la manta eléctrica en el maldito cogote, a ver si estas malvadas dejan de soliviantarse y las adormezco.

Hale, he dicho

jueves, 11 de enero de 2018

Las drogas y la milicia. La inTelezi y la dagga





Retrato supuestamente original de Shaka
pintado por el capitán Shorey
Al hilo de la entrada que dedicamos a la introducción del hashis entre el ejercito del enano corso al que Dios maldiga por siempre jamás, en esta entrada veremos como, mucho antes de que los occidentales se dedicaran a ponerse ciegos consumiendo substancias derivadas del opio, ya había ciudadanos de otras culturas que, en vez de recurrir al adormecimiento, preferían consumir otro tipo de porquerías que los ponían como rinocerontes en pleno brote psicótico. De hecho, estos sujetos recurrían a una mezcla de substancias psicoactivas y espiritualidad mediante la que los dioses, o incluso el phantasma del abuelo, les insuflaban la energía necesaria para derrotar bonitamente a los enemigos. Este era el caso de los zulúes, unos belicosos ciudadanos melaninos (antes de la corrección política negros a secas) que crearon un pujante reino y alcanzaron una notable supremacía tanto militar como social a raíz del ascenso al poder de Shaka hacia 1816. 


Impondo zankomo. La flecha señala la dirección de avance
Este sujeto, bastante fiero y expeditivo por cierto, fue capaz de llevar a cabo una serie de reformas en lo tocante a la organización militar de su tribu que podrían ser perfectamente equiparables a las de cualquier estratega occidental, de forma que logró organizar una compleja maquinaria bélica que puso las peras a cuarto a todos los occidentales que se personaron por aquellos lares con ganas de incordiar empezando por los bóeres y terminando con los british (Dios maldiga a Nelson), que lograron finalmente derrotarlos no sin antes ver su infinita arrogancia anglosajona bonitamente humillada cuando les dieron enhorabuena las del tigre el Isandlwana el 22 de enero de 1879. Aparte de las modificaciones llevadas a cabo en el armamento ofensivo de este pueblo, la más famosa creación de Shaka fue la formación en forma de cabeza de búfalo, la impondo zankomo, literalmente "los cuernos de la bestia", formada por cuatro bloques: le principal o isifuba era la testuz, que era la que acometía al enemigo en primer lugar. A continuación entraban en acción los flancos o izimpondo, los cuernos, con los que primero rodeaban y luego aniquilaban al enemigo. Como fuerza de reserva quedaba el lomo o umuva, que permanecía en la retaguardia a la espera de que su intervención fuese necesaria.

Fornido zulú armado con una maza. Este sujeto,
bien motivado con farlopa en cantidad, podía ser
extremadamente eficiente en el campo de batalla
Los zulúes eran originariamente una serie de clanes que se agruparon hacia finales del siglo XVII en la costa este de la actual Sudáfrica, concretamente en la zona comprendida entre la ciudad de Pongola (uPhongolo en lengua zulú) y el río Umzimvubu. Según la tradición oral de este pueblo, hacia 1670 un tipo llamado Zulú, que significa algo así como "el celestial", se asentó en las orillas del Imfolozi Emhlope, el río Umfolozi Blanco, tomando sus descendientes y seguidores el nombre de amaZulu o "hijos de los cielos". Los distintos clanes se dedicaron a masacrarse entre ellos como cuñados por trincar la última gamba del plato para lograr alcanzar la supremacía hasta que, con la llegada al poder de Shaka, se acabaron las peleas. Shaka eliminó todo atisbo de disidencia en forma de asesinato político y aquí paz y después gloria. Naturalmente, en el momento en que todos los amaZulu estuvieron bajo el mando de un único monarca fue cuando empezaron a dar estopa a todo aquel que pretendiese chincharles, que para eso eran unos sujetos bastante fieros y tal. El primer contacto que tuvieron con hombres blancos (nadie se ofende si se llama blancos a los blancos) tuvo lugar en 1824 en una zona conocida como Natal, llamada así por haber sido descubierta por Vasco de Gama en la Navidad de 1497, por lo que la bautizó como TERRA NATALIS en honor a la efemérides. Los exploradores eran dos antiguos oficiales de la armada británica llamados James Saunders King y Francis George Farewell, que al parecer hicieron buenas migas con Shaka debido a la inmensa curiosidad que despertaron en él, sobre todo sus mosquetes Brown Bess con los que matar al prójimo era coser y cantar. Está de más decir que la codicia de los occidentales al ver los ricos recursos naturales del país fue el comienzo de todo.


Inyanga de visita médica
Dentro de su compleja organización social había dos personajes que son los que más nos interesan para este tema, el inyanga y el isangoma. El inyanga era lo que nosotros denominaríamos como médico. Pero un médico de verdad, no un hechicero de esos que curaban al personal meneando una maraca y poniendo los ojos en blanco. Los izinyanga (es el plural de inyanga) eran como nuestros naturistas que curaban a base de umuthi (medicinas) en forma de hierbas, semillas, raíces e incluso algunas partes animales con propiedades curativas como la grasa y, por supuesto, estupefacientes y psicoactivos. Al parecer, el nivel de curaciones que lograban los izinyanga era razonablemente alto porque, ciertamente, su dominio sobre la farmacopea natural era bastante elevado, y a eso había que unir el efecto psicosomático que ejercían gracias a la fe que los heridos o enfermos depositaban en ellos. En la foto de la derecha podemos ver un inyanga paseándose por el mundo con su "maletín" de médico en el que lleva un amplio surtido de yerbajos de todo tipo, mientras que del cuello cuelgan varios recipientes obtenidos de calabazas y cuernos en los que guarda pócimas, polvos y ungüentos ya preparados para su consumo. Con ellos, el inyanga podía curar, o al menos intentarlo, muchos tipos de males, desde alergias o inflamaciones a problemas gástricos como el estreñimiento y la diarrea. También se atrevían con las heridas de guerra cortantes, punzantes y fracturas siempre y cuando no se infectasen si bien, como ya sabemos, en Occidente tampoco podían decir que el tema de los antisépticos estuviera muy avanzado en aquellos tiempos. Otrosí, podían incluso hacer injertos de piel y tratar la epilepsia, si bien intuyo que estos últimos debían ser bastante complicados de solucionar. En todo caso, el hecho es que los izinyanga solo obtenían su cualificación como tales después de un aprendizaje de años y años, y por cierto que aún existen en aquella zona de Sudáfrica ofreciendo y vendiendo sus potingues como nosotros lo hacemos en una parafarmacia o en una herboristería. De su conocimiento sobre los efectos de determinadas hierbas era de donde obtenían las substancias psicoactivas que detallaremos más adelante y que eran administradas generosamente a los guerreros antes de entrar en combate.

Isangoma revestido con los atributos de su
rango. El más significativo era el bastón
rematado con una cola de ñu que sostiene
con su mano derecha
En cuanto al isangoma, era el adivino, brujo, chaman o como queramos llamarlo. Estos personajes no solo eran solicitados para solventar problemas de tipo, digamos, espiritual, sino también para diagnosticar determinadas enfermedades que el inyanga era incapaz de detectar, supongo que mentales en este caso, gracias al imimoya nayambibi, que eran unos poderes al parecer innatos y de tipo hereditario mediante los cuales el isangoma era capaz de llegar a sentir el mal o el dolor del paciente de forma telepática, para lo cual le bastaba sentarse ante el mismo y mirarlo fijamente, o bien sintiendo sus vibraciones que interpretaba de una forma u otra. Estos probos chamanes tenían además una gran influencia entre su clan porque eran los encargados de desahuciar a los malos espíritus que se alojaban sin permiso en el cuerpo de la ciudadanía e incluso de ordenar a los cuñados más gorrones largarse a hacer puñetas de la casa de los aquejados por su invasiva presencia. Su autoridad llegaba al extremo de poder incluso ordenar la muerte de algún miembro de la tribu del que se sospechase que estaba poseído por algún espíritu chungo, para lo cual se reunían los posibles posesos en su choza y, a base de sahumerios y bailes lograba detectar al afectado, al que señalaba golpeándolo con su cola de ñu distintivo de su rango. A continuación no se molestaban en exorcizarlo ni nada por el estilo, sino que se limitaban a meterle un palo de medio metro por el recto y darle así una muerte bastante desagradable. Por cierto, se sabe de buena tinta que ni un solo cuñado de un isangoma osó jamás darle un sablazo ni entrar en su despensa, y que antes de eso solían hacerle onerosos regalos para caerle bien. Curiosa mutación, ¿no?

Representación del ataque a la misión de Rorke's Drift
durante los días 22 y 23 de enero de 1879. En esta
ocasión los zulúes no pudieron arrollar a los british
al mando de los tenientes Chard y Bromhead
Bueno, con lo dicho ya podemos hacernos una idea de la situación en la tierra de los zulúes y de su predisposición a envalentonarse a base de comer, fumar o esnifar porquerías. Pero en la víspera de la batalla aún tenían ocasión de celebrar una serie de ritos dirigidos por el isangoma que, la verdad, se me antojan un tanto asquerosos. En el banquete que celebraban para fortalecerse espiritualmente y en el que tomaban parte miles de guerreros, el isangoma distribuía un potente emético o wokuphalaza para tener una vomitona fastuosa con el fin de limpiarse por dentro de malos rollos y cosas así. No quiero ni imaginar el penetrante aroma de miles de vómitos esparcidos por todas partes. Pero lo más importante era la inTelezi, la droga de la invencibilidad. Por curiosidad he buscado el significado del palabro y viene a querer decir "no te preocupes", lo que casa bastante bien con los efectos de este tipo de droga. Aunque en algunas fuentes afirman que se trataba del extracto de una determinada hierba, parece ser que en realidad la inTelezi era el nombre que le daban a cualquier substancia psicoactiva, ya fuera comida, inhalada o bebida que no solo les liberaba de los malos espíritus y esas cosas, sino que además les proporcionaba un valor y un arrojo que los convertía en verdaderos energúmenos. Además, el ardor guerrero que insuflaba esta droga les hacía despreciar los efectos de las armas enemigas y, en resumen, los ponía sumamente contentitos y dispuestos para la lucha. Era por lo que se ve una droga bastante versátil ya que también se consumía cuando palmaba algún pariente y había que purificarse tras meterlo en el hoyo.

Jefazos zulúes con sus adornos y armas para entrar en batalla
Pero la droga más potente de todas era la dagga, la cual consumían de forma previa y durante la batalla fumada, inhalada o bebida en un caldo que se distribuía a los combatientes. La dagga era la variedad del cannabis que se obtenía en aquella zona del continente africano si bien había sido importada siglos antes ya que no crecía de forma natural en aquellas latitudes. Al parecer, fue importada desde Egipto a través de Etiopía por los bantúes, donde ya había constancia de su uso en el siglo XIV, para un uso terapéutico. Fue bajando hacia el sur del continente con los hotentotes y los bosquimanos, que le daban el nombre de bangue. Según un misionero portugués llamado João dos Santos a principios del siglo XVII ya se cultivaba por la zona del Cabo de Buena Esperanza, y narraba como los naturales del país se comían las hojas cuyos efectos eran similares a los de una borrachera. Fueron los holandeses los que enseñaron a fumar la dagga a los nativos, que aprendieron tanto a fabricar pipas de barro, madera o hueso como a fumarlo a través de agua como en las narguilas que usan los otomanos. Los que no querían pasarse la mezclaban con tabaco, pero los zulúes preferían fumarla a pelo para ponerse como una moto. Porque lo más significativo de la dagga es que esta variedad de cannabis no tenía los efectos relajantes del hashis, sino todo lo contrario. El que la consumía se volvía un auténtico energúmeno, y en el momento en que notaban que sus efectos iban aminorando rápidamente consumían más en pleno combate, ya fuese bebida o inhalada. 

La dagga ponía al personal tan desaforado que los mismos británicos, que cuando llegaron allí pensaban que aquello sería un paseo militar, se quedaron perplejos cuando estos fieros ciudadanos se les echaron encima despreciando los devastadores efectos de la munición de los Martini-Henry, que producían unas heridas escalofriantes similares a las minié como podemos ver en la ilustración de la derecha, que muestra un surtido de maltrechas osamentas zulúes en las que se aprecian los efectos de dicha munición. Un pueblo que por naturaleza era bastante belicoso y con un elevado concepto de sí mismos solo necesitaba estimulantes de ese tipo para convertirse en diablos suicidas a los que les daba una higa caer como moscas ante las descargas cerradas con que la disciplinada infantería británica intentaba rechazarlos. El mismo comandante del ejército aniquilado en Isandlwana, lord Chelmsford, dejó constancia de la ferocidad desplegada por los zulúes en el campo de batalla, a los que solo cuando eran literalmente acribillados a tiros o cosidos a bayonetazos era posible detener. En todo caso, aparte de la robusta naturaleza de estos ciudadanos la habilidad de sus izinyanga salvó a más de uno de una muerte segura, teniendo como preclaro ejemplo uno de ellos al que un british mencionaba por haber recibido no menos de once disparos y salió vivo del brete. Debía ser incombustible, carajo...

Boophane disticha, también llamada planta rodadora o bulbo venenoso
Y si el empleo de la dagga no fuera bastante, los izinyanga disponían de un potente analgésico que además tenía efectos alucinógenos para calmar el dolor producido por las heridas. Al parecer, lo obtenían de los bulbos de la boophane dischita, una planta autóctona del sur de África más venenosa que una mamba negra con gripe y con la que las tribus de la zona incluso envenenaban flechas. Pero el componente que interesaba a los izinyanga era el eugenol, una substancia aceitosa con propiedades analgésicas, y  la bufanidrina, un alcaloide con propiedades alucinógenas y anestésicas similares a la codeína o la morfina. Este compuesto era de una toxicidad muy elevada, y los izinyanga debían ser extremadamente cautos en su administración porque las dosis precisas para mitigar el dolor o dejar al zulú listo de papeles se diferenciaban en un ápice. 

Zulúes cargando contra el enemigo
En fin, estas eran las drogas usadas por los zulúes para animar el cotarro. En aquellos tiempos los british solo usaban el ron, cuyo consumo en latitudes cálidas no debía ser precisamente agradable salvo para los hijos de la brumosa Albión, alcoholizados hasta las orejas. Por desgracia para estos belicosos y fieros guerreros, sus pócimas no fueron suficientes para derrotar de forma definitiva al ejército británico a pesar de que incluso disponían de armas de fuego desde antes de su llegada a Natal. Incluso tras la escabechina de Isandlwana lograron capturar un millar de fusiles Martini-Henry y alrededor de medio millón de cartuchos de calibre .450, pero eso no bastó cuando las ametralladoras Gatling y la artillería, además de la eficiente infantería británica, desplegó todo su poder letal, ante el que ni la inTelezi ni la dagga podían hacer otra cosa que empujarlos a la muerte como auténticos y verdaderos héroes.

En fin, con esto terminamos, que es hora de merendar. Ya seguiremos con estos temas de drogadicción militar.

Hale, he dicho

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Restos mortales de guerreros zulúes a los que sus pócimas ya no les servían de nada